Cuando hace ya más de un año, el barco norteamericano Odyssey encontró cerca de las costas de Cádiz los restos de un antiguo barco español, en cuyo interior se escondía un ingente tesoro de oro y plata, muchos nos dimos cuenta de que el océano Atlántico, bajo su aparente monotonía, bajo su superficie, esconde maravillas insospechadas y desconocidas.
Al distrito Latina le ocurre lo mismo.
La historia de este artículo empezó hace unos días, mientras paseábamos por las calles que orbitan alrededor de la estación de Aluche. Era una mañana apacible y teníamos tiempo para disfrutarla.
Íbamos por la calle Rafael Finat y, al llegar al cruce donde se encuentra el edificio de Telefónica, uno de esos viejos edificios de la compañía que todavía perviven, giramos a la derecha y entramos en la calle Valle Inclán.
No parecía tener nada de particular. Pero, al llegar al número 12, nos detuvimos sin poder creer lo que veíamos: el mismísimo Ramón María del Valle Inclán, con su larga barba, su bigote decimonónico y sus ojos cristalinos, nos miraba fijamente con aire solemne. Estaba en el jardín delantero de un edificio residencial de varias plantas. El busto del legendario escritor gallego descansaba bajo la sombra de un árbol. En la base de granito, una leyenda aclaraba de quién se trataba y en qué año había sido realizado, 1972.
Emocionados por el descubrimiento, hablamos con los vecinos del edificio, que llegaban a esa hora de la compra, para intentar averiguar cómo era posible que, en su humilde jardín, se encontrara una escultura tan inesperada y maravillosa.
Y lo que sucedió fue una experiencia aún más cautivadora. Todos, sin excepción, recordaban al artista que lo había realizado. Para unos había sido un pintor, para otros un escultor, para todos, un auténtico artista. Era conmovedor escuchar con qué cariño, con qué admiración, recordaban al vecino que les había hecho aquel magnífico regalo hacía ya más de tres décadas. Incluso nos invitaron a entrar en el portal para enseñarnos la placa de su buzón de correo, donde todavía figura su nombre, Antonio Yebra Torres.
Al salir de nuevo al jardín, uno de los vecinos nos llamó la atención sobre un detalle en el que no habíamos reparado. ¿Dónde estaban las gafas de Valle Inclán? ¿Dónde estaban esas gafas que siempre lleva puestas en los clásicos retratos que todos hemos visto de él?
“Las robaron. No sabemos quién“, nos confesó.
Miramos de nuevo a Valle Inclán. A pesar del vandalismo sufrido, no parecía afligido. Y es que, si hubiera podido hablar, seguramente hubiera dicho que le gustaba lo que veía. A Valle Inclán le entusiasmaba la vida de los barrios de las ciudades.
Quizá por eso, su rostro transmitía grandeza. La grandeza de un escritor que creó algunas de las más bellas y emocionantes páginas de la literatura universal. La grandeza de un escultor que, con su talento, logró capturar en un busto esa personalidad para que perdurara en el tiempo. La grandeza de unos vecinos que, con su humanidad, han guardado en lo más profundo de sus corazones el recuerdo de Antonio y han demostrado, al hablar con nosotros, la pasión que sienten al compartirlo con cualquiera que lo desee. La grandeza de un distrito que alberga en su seno a ciudadanos como ellos.
Y la soledad de aquellos que viven en la ilusión de que, robar las gafas de Valle Inclán, puede demostrar algo más que su propia mezquindad.
Ver Busto de Valle Inclán en un mapa más grande

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